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Publicada el 07/01/2020 - 06:31 PM

El orgullo de Huacapongo


Chef de profesión, Edwin Castro Saona ha regresado al país para contarnos su inspiradora historia. Es una historia que empieza en los noventa, en un polvoriento y muchas veces olvidado pueblo en Virú, y que ha alcanzado la cúspide en España.

Por Alexis Castro

Hubo un niño en Virú que, a diferencia de otros en su barrio, se pasaba la mayor parte del tiempo en la cocina, viendo a su madre picar con destreza los ingredientes del almuerzo, aderezar el guiso o el estofado de turno y servir cada plato, cada fuente, con una pasión infinita. Era un niño que apenas había iniciado la primaria en su natal Huacapongo, que vivía con sus padres en una modesta casa de un solo piso (y de carrizo) y que compartía habitación con sus trece hermanos. Ese niño —permítanme contarles— se llamaba Edwin, hace un tiempo viajó a Europa y hoy, muchos años después, ha regresado al país convertido en un chef sobresaliente, un artista de la gastronomía peruana e internacional que además presume habilidades de empresario: ha fundado un restaurante en Madrid (España) que es un éxito, tanto que se ha visto en la necesidad de inaugurar otro local para atender a la enorme cantidad de personas que a diario lo visitan.


En el fondo, Edwin, cuyo nombre completo es Edwin Castro Saona, sigue siendo ese niño robusto y soñador que, al observar a su madre sazonando el almuerzo, se propuso aprender a cocinar tan bien como ella, y, claro, de ser posible, pasarse el resto de la vida haciéndolo. Me atrevo a decirlo porque, a sus treinta y siete años, lo veo aún tan alegre, tan optimista, tan exento de cualquier clase de maldad. Y ni siquiera se esfuerza por parecerlo. Aquel, en realidad, es su estado natural.


Me he reunido con él en las oficinas de La Industria. Es una mañana calurosa y, luego de estrechar las manos, tras haber cruzado la reja, se aventura con una pregunta que me toma por sorpresa: “¿De dónde eres?”. Compartimos el apellido y no es descabellado pensar en un posible parentesco. Pero mi respuesta descarta cualquier vínculo: las raíces de mi familia se encuentran en Agallpampa, Otuzco; las suyas, en el norte. Como sea, eso no le impide abrirse, ganar confianza y entregar sus más valiosas experiencias. Por ejemplo, recuerda que cuando se quedaba en la cocina, admirando las ollas sobre el fuego y rodeado de un sinfín de aromas deliciosos, acababa de celebrar su séptimo cumpleaños. Era —lo reitero— solo un niño, pero había descubierto ya su vocación. Y un día se entregó por completo al aprendizaje, guiado al principio por su madre, y nunca más dejó de hacerlo, porque incluso ahora, que es ya un profesional, busca siempre superarse a sí mismo, por más que las circunstancias se tornen adversas. “Ese —explica— es uno de los ingredientes del éxito”.   

SE LO MERECE 

El 15 de diciembre, luego de arribar a Trujillo, Edwin se enrumbó de inmediato a Huacapongo. Allá lo esperaban su padre, don Doroteo Castro, y su madre, doña María Saona. Es en honor a ellos que bautizó a su restaurante con el nombre de ‘Doromari’, el cual, según explica, es el primer chifa de España (teniendo en cuenta que el chifa es una fusión entre la comida peruana y oriental y que, a estas alturas, forma parte ya de nuestro patrimonio gastronómico). Pero, además de sus padres, hermanos y amigos, también aguardaban por él las autoridades de la provincia, que, tras enterarse de su increíble historia, decidieron otorgarle el reconocimiento que se merece. 

Se celebraron dos ceremonias: una en Huacapongo y otra en Virú. Por supuesto, los aplausos no faltaron para Edwin, cuya historia es una guía para todos esos chicos que, ante el menor indicio de derrota, deciden sepultar para siempre sus sueños. Él nunca lo hizo, por eso ha llegado tan alto. Y ejemplos para darnos cuenta de que siempre ha sido así hay bastantes, como la vez que incursionó en la venta callejera de anticuchos. 

“Tenía solo trece años —confiesa—, pero me las ingenié para conseguir (a escondidas de mi madre) el triciclo, la parrilla y el resto de utensilios necesarios para el negocio. Como estudiaba en las tardes, a las seis y treinta salía corriendo del colegio para ir a recoger las cosas. Y me instalaba junto a otras vendedoras en una calle de Virú”.

Edwin pensó ingenuamente que, por ser un niño, la gente elegiría comprarle a él, pero se equivocó: las personas que frecuentaban el lugar lo veían con recelo. “Qué feo, cómo los habrá preparado”, murmuraban, sin haberles dado, al menos, una oportunidad, pero él de todas formas escuchaba el cruel bombardeo de críticas. “Nadie se atrevía a comprarme —recuerda—. Al final, yo mismo me comía los anticuchos para no botarlos”. 

Frases tan demoledoras pueden destruir a cualquiera, y más todavía si se trata de un niño, pero Edwin supo convertir esa primera derrota en una razón más para triunfar. 

“No me rendí —agrega—. Al contrario, me prometí mejorar. Tiempo después me contrataron en un restaurante, y luego, con el paso de los años, en otro y en otro… Fue de esta manera que aprendí lo necesario para abrir el mío”. 

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